Putin dice que la tiene más grande que Trump

En las relaciones entre individuos, ya sea en el ámbito personal o en el profesional, una de las formas más habituales de poner punto y final al civismo es el recurso a la comparación, sobre todo cuando lo que se esta baremando es el tamaño.

Dos chiquillos a los que les impresionan, por ajenos y lejanos, los adultos, en un fanfarroneo de patio de recreo pueden acabar invocando los 500 kilogramos de peso del padre del uno o los 4 metros de altura del padre del segundo. Pues el mío pesa mil kilos y a tu padre le haría trizas. Pues el mío levanta catorce metros sin ponerse de puntillas y le moja la oreja al tuyo. El contraataque está asegurado. Lo mismo hasta acaban sacudiéndose su primera hostia.

Ya en edad más adulta todos hemos presenciado desagradables arengas que empiezan con locuciones del tipo Te faltan…., No tienes…, No hay…. y otros grandes éxitos, que acaban irremediablemente en urgencias, en el juzgado o primero en las unas y después en el otro.

También tenemos a ese cuñado, que se ve obligado a contarnos que su nuevo automóvil es tan grande, tan rápido, tan bueno y tan caro, que la plaza de aparcamiento se le ha quedado pequeña. Será cretino.

Pues sí. Con la madurez de un chiquillo, la verborrea de un macarra o como un auténtico cuñado (no sé que es peor de todo, oigan) los dos líderes del mundo libre, que estúpida expresión, por cierto, se comparan las bombas entre ellos como si fueran padres o madres, escrotos o monovolúmenes.

Ayer o antes de ayer, entre las innumerables referencias a un presidente de una comunidad autónoma, que en compañía de sus cofrades había ido de vacaciones a Estados Unidos con la intención de presentar un relato fantástico, por increíbe, a otro señor que hoy en día tiene poco que decir y menos que escuchar sobre el tema, con timidez, como les decía, eclipsada por aquel gran acontecimiento, asomaba otra noticia.

Una breve reseña sobre astronautas, científicos y otra gente de mal vivir. Por lo visto en una luna de un planeta que tampoco pilla tan lejos, tirando p’al infinito to de frente a mano derecha, existen indicios de la presencia de elementos de la tabla periódica, que en forma gaseosa pudieran aglutinarse de forma tal, que hubieran podido propiciar vida extraterrestre. Sí, lo admito, un poco remoto, un poco subjuntivo incluso. Pero yo, adormilado por los efectos de las fabes con almejas y el Rioja que me acababa de apretar, me permití soñar. Me imaginé volando por el espacio sideral, atravesando agujeros negros llegué al géiser del que emanaban esos gases. En la luna Encélado de Saturno. Allí había un pequeño ser verde, pongamos que se llamaba Saturnino. No suena tan pugilístico ni tan popular como Marciano, pero es más apropiado. Después de las típicas preguntas del estilo ¿y tú de quien eres, majo? y ¿el Madrid, qué, otra vez campeón de Europa? nos metimos en harina. Empecé golpeando yo: ¿Aquí quien manda?. Me contestó atribulado que sólo quedaba él, todos sus congéneres se habían exterminado entre sí en una gran guerra nuclear. Todos habían perecido pero él había sobrevivido. Era el inspector de Hacienda de Encélado. Ahora me tocaba contestar a mí. Para ponerle en situación le expliqué que la Tierra se dividía en territorios llamados países, que en estos, sus habitantes se organizaban en estados soberanos, le conté el caso de aquel presidente de comunidad autónoma, etc… Me indicó amablemente que fuera al grano. Déjate de rollos, ¿en la Tierra quién parte el bacalao?. El Trump y el Putin, sin dudarlo.  Saturnino sacó una bola de cristal y empezaron a proyectarse en ella imágenes de ambos realizando declaraciones. Hemos tirado la madre de todas las bombas, decía uno. Nosotros tenemos al padre de todas las bombas, agregaba el otro. Saturnino se empezó a poner de color Julio Iglesias, que es el equivalente para los de Saturno a que un terrícola se ponga verde. ¿Qué te pasa Satur? le dije preocupado. Ya habíamos cogido confianza. !Dios mío, estáis en peligro, así empezamos nosotros, es el fin de vuestra civilización, vais a morir todooos! Saturno empezó a emitir un sonido atronador y yo de repente me ví elevado del suelo por un géiser de gas que me expulsó de la estratosfera de Encélado lanzándome al abismo espacial.

Me desperté sobresaltado y sudando en el sofá de casa de mi suegra. La risa bobalicona de mi cuñado me envolvía. ¿Estaban buenas las fabes, campeón? Ja, ja, ja. ¿Te he contado lo que me ha pasado con el coche nuevo al ir aguardarlo en el garaje?

 

 

Bienvenida o bienhallada

Hace aproximadamente media vida mía hube de optar entre un medio de vida que me permitiera comer y otras banalidades, u otro, de pronóstico dudoso, que alimentara la necesidad creativa, que todos, en mayor o menor medida, alguna vez hemos padecido; en mi caso, la producción literaria. No hace falta decir por cuál de las opciones, como dócil y poco evolucionado primate, me incliné.

Sin tener en ningún caso dichas necesidades primarias cubiertas de por vida, ni aspirar ni mucho menos a saciarlas mediante otros derroteros que los hasta ahora tristemente testados, inauguro este pequeño rincón.

En un cuarto de hora de aproximación al sentido y finalidad que parecen tener habitualmente estos espacios, disculpen la bisoñez, me ha parecido entender que son utilizados con casi tantas motivaciones como blogueros y blogueras existen (resulta ser que hay tantos, que incluso la R.A.E. ya ha adoptado estos términos y, aunque seguro que llego varios años tarde, me permitirán que alucine). Quiere esto decir que, al igual que unos cuantos son diarios personales, otros son de temática libre y con carácter altruista y un puñado más tienen intencionalidad descaradamente mercantil, de alguna manera, como dijo Aute (perdonen, siempre me sale), tendré que clasificar este rincón.

Es de justicia, entiendo, advertir al incauto, de que me mueve únicamente el placer de escribir, en sí mismo, por centrípeto egoísmo (¿qué quieren que les diga?, ¿una mentira?); de que no espero que lo que aquí se encuentren sea de su gusto: ni mucho, ni poco, ni anfibio, tío Toribio, si bien, intentaré no faltar al respeto a nadie (ni a Nadia), a esto sí me comprometo, a intentarlo, claro; de que saltaré entre realidad y ficción sin ataduras, a mi antojo, ora opinión infundada, ora historieta injustificada; de que alternaré relatos más falsos que una moneda de 3,1416 euros con historietas inspiradas en hechos y personajes reales, o no, como diría Mariano; de que no sé con que periodicidad escribiré, pues, como les he comentado escuetamente, debo seguir procurándome sustento, lo que desgraciadamente me convierte en un mercenario del sistema capitalista muy ocupado, qué le vamos a hacer.

Así pues, nuevo amigo o amiga de pan, pongamos las cartas sobre la mesa, sin acritud (no faltaba más), no se cree usted falsas expectativas con este espacio y así no se sentirá defraudado. Esto no es El Corte Inglés, no le podemos devolver el tiempo invertido en caso de que no le agraden los contenidos, y el tiempo, ya sabe, fugit que se las pela.

Esperando no haberme expresado de forma excesivamente abrupta en esta pretendida declaración de intenciones, les deseo de corazón una calurosa bienvenida (o bienhallada).

Hasta la próxima.